Pocas cosas son más difíciles de soportar que la molestia de un buen ejemplo. Conductores que se quejan de las infracciones de los motociclistas, pero pasan en alto la luz roja o estacionan en doble fila; funcionarios que piden ahorro en tiempos de crisis, pero fomentan el consumo desmedido como estrategia de crecimiento; padres que aconsejan a sus hijos no hacer aquello que justamente hacen ellos... Pareciera que, en nuestros días, el buen ejemplo no sólo escasea, sino que también provoca enojo. Y eso se traduce en una sociedad caótica y violenta. De hecho, buena parte de las cartas de lectores que se reciben en la redacción del diario, critican justamente esta suerte de pérdida de valores constante y sistemática que está convirtiendo a nuestro país en un pálido páramo donde la anarquía reina sobre el sentido común. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué se puede esperar? ¿Cómo seguir?
Según los sociólogos, la crisis que se vive en ámbitos como la familia, la escuela, el trabajo y la sociedad en general se debe fundamentalmente a la falta de valores compartidos, lo que se refleja a su vez en una falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Por ejemplo, es difícil saber cómo enseñar a los hijos el valor de la tolerancia, si nuestros líderes y gobernantes insultan permanentemente a todos aquellos con quienes tienen diferencias de opiniones. O si al encender la televisión los personajes mediáticos se dedican a "enchastrar" con las groserías más rebuscadas a sus colegas. Igualmente resulta cuesta arriba promover el valor del respeto si hay maestros, profesores, jefes o padres que frente a situaciones complejas defienden sus decisiones argumentando: "aquí se hace lo que yo digo" o "las cosas son así porque sí".
Esta sea tal vez la gran diferencia de nuestra época con la que dio luz a aquellos ilustres tucumanos de la llamada "generación del centenario". La primera década del siglo XX fue muy prolífica para Tucumán; fue la década en la que se crearon la UNT, los teatros Alberdi y San Martín (que esta semana cumplieron precisamente 100 años), el diario LA GACETA, el parque 9 de Julio y una gran cantidad de instituciones, muchas de las cuales aún perduran. Una década en la que hombres como Miguel Lillo, Juan B. Terán, Alberto y Marcos Rougés, Ernesto Padilla, Julio López Mañán, José Sortheix, José Ignacio Aráoz y Juan Heller se animaron a pensar una provincia distinta y obraron en consecuencia, siempre en el marco de valores comunes que le dieron coherencia al proyecto. Eran en general humanistas que postergaron sus apetencias personales ante los intereses de la comunidad y pensaron sin egoísmos en el futuro de la provincia. Es decir: dieron el ejemplo. Tuvieron coherencia de vida. Pero además poseían una formación académica que los enriqueció en su ideas y los llevó a formar esa visión estratégica en la que coincidieron y se abocaron con fuerza y pasión a "destejer el arcoíris", como diría Keats. Todos ellos pertenecían a familias con alto poder económico y ese poder económico fue puesto al servicio de ese proyecto común. Un proyecto que hoy, 100 años después, trata de subsistir como puede en una sociedad mucho más apática y compleja y una dirigencia poco comprometida.
Claro, los tiempos que corren son muy distintos. Sin embargo, las exigencias parecen ser las mismas: un plan de crecimiento a largo plazo que tenga a la educación, a la cultura y a la familia como pilares fundamentales. Porque, ante esta avalancha de violencia social, de desatinos políticos, de necesidades insatisfechas y de profundas inequidades, los valores no sólo necesitan ser redefinidos, sino también mantenidos y divulgarlos constantemente, tal como lo hicieron esos tucumanos del centenario que destejieron el arcoíris.